Arjona celebra: 41 aniversario del barrio Santa Rosa de Lima con la Policía Nacional

El sol naciente se alzó sobre el barrio Santa Rosa de Lima en Arjona, Bolívar, como una bendición dorada que barnizaba las casas hermosamente decoradas con guirnaldas, recordando que aquel no sería un día cualquiera. Desde temprano, banderines de papel multicolor —rojos como el fuego, amarillos como el maíz, verdes como la esperanza y azules como el cielo limpio del Caribe— comenzaron a ondear con la brisa. Parecía que hasta el viento se había vestido de fiesta para sumarse al 41° aniversario del barrio.

La música fue la primera en anunciar la celebración. Una mezcla de champeta, vallenato y salsa brotaba de las esquinas, como si las paredes mismas respiraran melodías. Quien escuchaba, no podía evitar mover los pies, porque las notas parecían colarse en la sangre, invitando a la alegría compartida.

El verdadero pregón llegó con el olor del sancocho comunitario. Desde la madrugada, una olla descomunal hervía sobre el fogón. El humo subía lento, como si llevara hasta el cielo la noticia del banquete. Doña Edita, con sus manos curtidas por los años, removía los ingredientes como si tejiera un conjuro.

—Esto no es solo comida, es confianza —decía con su sonrisa serena—. Cuando los policías se sientan con uno a la mesa, se abren otras formas de entendernos.

Y era cierto. Alrededor de la olla no había uniformes ni jerarquías, solo manos que se entrelazaban: la del campesino que trajo la yuca, la del artista que pintó las guirnaldas, la del niño que corría con el balón bajo el brazo, y la del policía comunitario que, por un día, dejó la solemnidad para sentarse a comer en igualdad de espíritu.

Las calles se llenaron de risas. Los niños, con sus ojos encendidos de travesura, corrían en carreras de sacos, mientras otros disputaban partidos de fútbol bajo un sol ardiente que parecía aplaudirles desde lo alto. Los adultos, contagiados por esa energía, se abrazaban, recordando las anécdotas de los primeros años del barrio, cuando Santa Rosa de Lima no era más que un puñado de casas y un sueño compartido.

La devoción también tuvo su espacio. Una procesión solemne, con velas encendidas y flores blancas, recorrió las calles en honor a la Virgen de Santa Rosa de Lima. Las oraciones se elevaron como murmullo de río, uniendo generaciones en un mismo latido de fe.

La Administración Municipal acompañó la jornada, reafirmando su compromiso con el futuro del barrio. Pero aquel día, más que discursos o promesas, lo que reinó fue la certeza de que la verdadera fuerza de Santa Rosa de Lima está en su gente: en las madres que decoraron las casas con guirnaldas, en los abuelos que compartieron sus historias como semillas de memoria, en los jóvenes que prometieron seguir cuidando lo sembrado.

Cuando el sol comenzó a caer y la tarde tiñó de naranja las calles, el barrio parecía suspendido en una fotografía eterna: niños corriendo, adultos riendo, el olor del sancocho aún flotando, y un cielo que guardaba en su pecho las plegarias de todo un pueblo.

Aquel 41° aniversario no fue solo una celebración. Fue un pacto silencioso entre vecinos, una reafirmación de identidad, un conjuro de unidad que se transmitirá de boca en boca, de corazón en corazón. Fue el día en que el barrio se miró en el espejo del tiempo y entendió que su historia no se mide en años, sino en la fuerza invisible que los mantiene juntos.

Al respecto, el coronel Alejandro Reyes Ramírez, comandante Departamento Policía Bolívar, expresó, “con la realización de este tipo de actividades, la Policía Nacional busca tener un mayor acercamiento con la comunidad, generar confianza Institucional y mejorar las relaciones en aquellos sectores de mayor vulnerabilidad, así mismo, permiten conocer de manera directa las diferentes problemáticas que aquejan a la ciudadanía en materia social y de seguridad ciudadana».

Por: Emilio Gutiérrez Yance