Una vida al servicio de Colombia y de su familia

Mientras observa una fotografía en la que aparecen tres de sus hijos uniformados, el subintendente Tomás Napoleón Escudero sonríe con orgullo. Después de 24 años de servicio en la Policía Nacional, sabe que ninguna condecoración se compara con la satisfacción de ver que el ejemplo sembrado en casa floreció en una nueva generación de servidores de la patria.

Hay hombres que pasan por la vida acumulando bienes. Otros construyen un patrimonio más difícil de medir: el ejemplo. Escudero pertenece a este último grupo. Nació en Magangué, Bolívar, y desde hace más de dos décadas viste el uniforme policial. Sin embargo, cuando habla de sus logros no menciona operativos ni reconocimientos institucionales. Su mayor orgullo tiene nombres y rostros: sus hijos.

Detrás de la placa hay un padre que se emociona al contar que su hijo mayor sirve como marinero tercero en la Armada Nacional, que otro avanza en su proceso de formación militar y que una hija, a quien crió como propia, decidió seguir sus pasos como patrullera de la Policía Nacional. A ellos se suma el menor del hogar, un niño de dos años que crece rodeado de una historia construida con esfuerzo, sacrificio y vocación de servicio.

“Si algo les enseñé a mis hijos fue a ser personas de bien. El uniforme es importante, pero los valores lo son mucho más”, afirma. Para él, la paternidad nunca se ha limitado a proveer o acompañar. También significa orientar, corregir y, sobre todo, predicar con el ejemplo. Esa ha sido la filosofía que ha guiado tanto su vida familiar como su carrera profesional.

El Día del Padre, asegura, no representa una celebración especial. Los años de servicio le enseñaron que muchas fechas importantes se viven lejos de casa. Cumpleaños, navidades y reuniones familiares quedaron en ocasiones relegados por el deber. Por eso aprendió que ser padre no depende de una fecha en el calendario, sino de la constancia de los consejos y de la presencia que permanece aun en la distancia.

Su voz cambia cuando habla del mayor de sus hijos. Hace pocos días cumplió 26 años y actualmente participa en una misión humanitaria fuera del país. “Cuando lo veo representar a Colombia siento que todo sacrificio valió la pena”, expresa con orgullo. Para Tomás, cada logro de sus hijos refleja años de enseñanzas sobre disciplina, respeto y responsabilidad.

La satisfacción también aparece al recordar el camino recorrido por su segundo hijo para ingresar a la escuela de formación naval. Competir con cientos de aspirantes y alcanzar una de las plazas disponibles le demostró que la perseverancia sigue siendo una de las herramientas más valiosas para alcanzar los sueños. Verlo avanzar hacia sus metas reafirmó una convicción que siempre ha transmitido en casa: nunca rendirse ante las dificultades.

Mucho antes de convertirse en policía y en padre, Tomás fue un niño que conoció la incertidumbre. A los cinco años se perdió en Barranquilla y permaneció varios meses lejos de su familia mientras sus seres queridos lo buscaban sin descanso. Finalmente fue encontrado y regresó a Magangué. Aquella experiencia marcó profundamente su manera de entender el valor de la familia y la importancia de no perder la esperanza en los momentos difíciles.

Las dificultades económicas también pusieron a prueba su determinación. Antes de ingresar a la Policía trabajaba en la electrificadora de Magangué y soñaba con servir al país. Aunque fue admitido tanto en el Ejército como en la Policía, aún debía resolver un problema: reunir los recursos necesarios para iniciar su formación. Fue entonces cuando recibió el apoyo de Esteban Díaz Viña, un antiguo jefe que creyó en él y le tendió la mano en el momento más importante.

La institución también le mostró el rostro más duro del servicio. El 6 de julio de 2005 sobrevivió a un atentado ocurrido durante una misión de acompañamiento vial entre San Juan Nepomuceno y El Carmen de Bolívar. Dos compañeros perdieron la vida y varios más resultaron heridos. Entre el estruendo de la explosión y la incertidumbre de aquellos minutos, pensó en su familia. Desde entonces comprendió que cada regreso a casa es un regalo que no debe darse por sentado.

Quizás por eso insiste en que los principios se enseñan con acciones y no únicamente con palabras. Cuando observa a sus hijos vinculados al servicio de la patria siente que no heredaron simplemente una profesión, sino una forma de entender la vida basada en la honestidad, la responsabilidad y el compromiso con los demás. “Mi mayor ascenso no está en el grado que tengo ni en los años de servicio. Mi mayor orgullo son mis hijos”, asegura.

Hoy, después de 24 años de servicio, Tomás Napoleón Escudero tiene claro que las condecoraciones terminan guardadas en una vitrina y los reconocimientos ocupan un espacio en los archivos institucionales. Lo verdaderamente perdurable es aquello que se siembra en el corazón de los hijos. Por eso, cuando termina la jornada y el uniforme queda colgado, vuelve a ser simplemente papá. Y quizás allí, lejos de las carreteras y los operativos, se encuentra la misión más importante de su vida: haber formado seres humanos dispuestos a servir a Colombia con el mismo honor y amor por la patria que él les enseñó desde casa.