
Sorpresa en aula de Mampuján: policías le llevan torta a una niña en su cumpleaños
Por: Emilio Gutiérrez Yance
El sol de media mañana caía sin pedir permiso en Mampuján, como cae siempre: derecho, sin rodeos, calentando las paredes beige de la Institución Educativa Rafael Uribe Uribe y dibujando sombras largas debajo de los palos de mango… y también de un palo de limón que, sin hacer mucho ruido, completaba la sombra donde los niños aprendían a sumar y a soñar. Allí, donde el viento se cuela sin avisar y las clases muchas veces se dan al aire libre, ocurrió algo sencillo… pero de esos que se quedan.
Era un día cualquiera, de cuadernos abiertos y pupitres gastados, de niños con uniforme y zapatos que ya conocen el polvo del camino. En una de las paredes, una cartulina pegada con cinta mostraba dibujos de dos niños sonrientes y un mensaje sobre el autoestima, de esos que intentan enseñar, con colores, que uno vale más de lo que a veces cree. Las letras, torcidas pero sinceras, parecían hechas con paciencia.
El tablero acrílico todavía tenía restos de unos ejercicios de matemáticas: sumas, divisiones, números que luchaban por mantenerse ordenados en medio del calor. El profesor Raúl —alto, camisa roja, gafas, tapabocas, gorra también roja y un hablar dicharachero que rompe cualquier silencio— pasó un trapo y lo dejó limpio, como si también estuviera preparando el escenario sin decirlo.
Yeimi Vanessa Velásquez, menudita y tímida, estaba ahí. Diez años no se cumplen todos los días, pero ella no parecía hacer mucho ruido con eso. Tenía el cabello un poco alborotado por el viento y la mañana, y miraba más al suelo que a la gente, como si no supiera todavía qué hacer con tanta atención junta. Estudiante de quinto, de las que hablan bajito y se sientan derechito.
El profesor Raúl, con ese tono entre serio y jocoso que maneja, hizo algo que no siempre pasa: le regaló quince minutos a la clase. Quince minutos que no estaban en el horario, pero que a veces hacen más falta que cualquier lección. Afuera, una señora vendía mecatos y gaseosas, voceando bajito, como quien ya conoce el ritmo del colegio.
Y entonces llegaron ellos.
Los policías del Grupo de Protección a la Infancia y Adolescencia no entraron haciendo ruido. Llegaron con una torta en las manos, con esa mezcla de autoridad y ternura que a veces sorprende más que cualquier operativo. Los niños, que al principio miraban con curiosidad, terminaron rodeando la escena como si fuera una fiesta improvisada.
Antes de la foto, en medio de ese desorden bonito de risas y pupitres, una de las uniformadas se acercó a Yeimi y, con cuidado, le acomodó el cabello, peinándola un poco, como quien quiere que ese momento quede bien guardado no solo en la memoria, sino también en la imagen. Fue un gesto pequeño, casi invisible… pero de esos que dicen mucho.
La torta apareció en medio de los pupitres. Y ahí sí, la cosa cambió.
—“Que los cumplas feliz…”— arrancó alguien, y el coro se armó solo.
Los compañeritos de aula, sin pena y sin ensayo, cantaron con ganas. Algunos desafinados, otros riéndose, todos juntos. Yeimi levantó la mirada apenas, como quien no se cree del todo lo que está pasando. Sonrió bajito. De esas sonrisas que no hacen ruido pero dicen mucho.
El viento movía las hojas de los mangos y del limón arriba, como si también aplaudieran. La cartulina en la pared se levantaba por una esquina, insistiendo en no caerse. Y el sol, ese mismo que pega duro todos los días, parecía ese rato menos intenso.
No hubo lujos. No hizo falta.
Hubo torta, hubo canto, hubo niños que por un momento dejaron de pensar en lo que falta y se quedaron con lo que había: un cumpleaños, una sorpresa y quince minutos que valieron más que toda la mañana.
Porque a veces la seguridad también se parece a esto: a llegar, a cantar cumpleaños, a limpiar un tablero antes de celebrar, a peinar a una niña para su foto, a entender que proteger también es acercarse.
Y Yeimi, la niña tímida de los diez años, se llevó ese día algo más que una velita soplada: se llevó un recuerdo de esos que, cuando crezca, tal vez le parezca increíble… pero que en Mampuján, bajo los palos de mango, el limón y las paredes beige, sí pasó.
“Nuestro compromiso va más allá de la seguridad; también está en acercarnos a la comunidad, especialmente a nuestros niños y niñas, generando confianza, esperanza y entornos más humanos”, señaló el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar.