El zapatero de Matuya que ahora cose los pasos de sus compañeros

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Las manos de Juan David Contreras aprendieron a trabajar mucho antes de tocar un uniforme. Han cargado yuca sobre los hombros, reparado motocicletas varadas en caminos de monte y sostenido aguja e hilo para devolverle la vida a un zapato roto. Tiene 22 años y salió de Matuya, corregimiento de María La Baja, llevando consigo una infancia sencilla, una familia trabajadora y el deseo de construir un destino diferente.

Buena parte de esa historia tiene nombre de mujer: Fidelina Barcasnegras, su abuela paterna. Fue ella quien lo crio. En su casa creció Juan David, el mayor de cinco hermanos, entendiendo desde pequeño que detrás de cada plato servido y de cada par de zapatos había sacrificios que muchas veces los niños no alcanzan a comprender. Su madre es ama de casa y su padre, Pedro Contreras, trabaja actualmente en labores de agricultura en el Meta.

Juan David también conoció temprano el monte. Siendo adolescente acompañaba a su abuelo a trabajar la tierra. Abonaba cultivos y cargaba yuca sobre el hombro. Hubo días en que la motocicleta se dañaba lejos de casa y quedaba durante horas intentando repararla. Sin señal de celular, sin ayuda cercana y con kilómetros de camino por delante, esperaba que apareciera alguien o comenzaba a empujar. Cuando le preguntaron qué sentía en aquellos momentos, encontró una sola palabra: “Impotencia”.

Pero hubo otro aprendizaje que comenzó mirando las manos de su padre. Pedro sabía coser zapatos y Juan David, curioso, observaba cada movimiento: por dónde entraba la aguja, cómo se tensaba el hilo y de qué manera una suela desprendida podía volver a quedar firme. Miró tantas veces que terminó aprendiendo. Después convirtió aquel conocimiento heredado en una manera de rebuscarse la vida. Algunos días ganaba cinco mil pesos; otros, ocho mil o diez mil. Primero ayudaba para la comida de la casa y, si sobraba algo, lo destinaba para su merienda.

En algún momento soñó con estudiar Arquitectura. Las posibilidades económicas de la familia no alcanzaron para emprender ese camino y entonces volvió la mirada hacia otro sueño que llevaba tiempo acompañándolo: ingresar a la Policía. Durante la espera, cuenta, muchas noches terminaron convertidas en conversaciones con Dios. Oraba y pedía una oportunidad. Esperaba una llamada que le permitiera cambiar el rumbo de su historia.

Y el teléfono sonó. Al principio no creyó que fuera verdad. Necesitó que un primo le explicara lo que estaba ocurriendo hasta comprender que había sido seleccionado. “Sentí una alegría muy grande de poder entrar”, recuerda. Después vino la llamada a la familia y la noticia llegó hasta Fidelina, aquella abuela que lo había visto crecer entre necesidades, trabajo y sueños. Entre todos reunieron lo necesario para los pasajes y para que pudiera comenzar su nueva etapa.

Hoy Juan David es auxiliar de Policía y, curiosamente, el uniforme terminó reencontrándolo con aquellas tardes en las que observaba a su padre coser. Sus compañeros descubrieron que sabía reparar calzado y las agujas volvieron a sus manos. Cuando alguna bota se abre o una suela amenaza con desprenderse, él se sienta, toma el hilo y comienza el trabajo. Puntada tras puntada, remienda el calzado con el que otro auxiliar deberá volver al servicio. No cobra. Lo hace porque sabe hacerlo y porque, quizá sin proponérselo, esa es otra manera de servir.

Pero Juan David no quiere que su historia termine cuando entregue el uniforme de auxiliar. Después de prestar el servicio quiere seguir en la institución y convertirse en patrullero de la Policía Nacional. Fidelina le dio un hogar; el campo le enseñó resistencia y de su padre heredó un oficio que todavía lleva entre los dedos. Ahora cose las botas de sus compañeros mientras prepara sus propios pasos hacia el futuro. Porque aquel muchacho de Matuya aprendió hace tiempo que cuando algo se rompe no siempre hay que desecharlo: algunas veces basta una aguja, un poco de hilo, paciencia y la voluntad de volver a caminar.