Policía en Mompox le cumple el sueño a una niña monaguilla con un par de zapatos

En las calles cálidas y silenciosas de Mompox, donde la fe se respira en cada esquina y las campanas marcan el ritmo del día, hay historias que no hacen ruido, pero dejan huella. Esta es la de Isabel Sofía Puppo Ochoa, una niña de 10 años que, en medio de las dificultades, encontró en el servicio del altar una forma de soñar… y de resistir.

Todo comenzó cuando el Grupo de Protección a la Infancia y Adolescencia, liderado por la subteniente Leidy Balbuena Vargas, conoció su caso. La menor vive junto a su madre, Katherine Ochoa Ochoa, y su abuelita, Juana María Orellano Fonseca, en un hogar humilde donde el amor hace de soporte cuando lo material escasea.

Hace aproximadamente ocho meses, la familia sufrió una pérdida que aún duele: el padre de Isabel Sofía falleció a causa de un cáncer. Desde entonces, Katherine asumió sola las riendas del hogar, buscando el sustento con lo que sabe hacer: tejiendo sillas para ganarse el día a día y, de vez en cuando, realizando labores de aseo en un hotel cuando surge la oportunidad. A su lado, la abuela acompaña con ese cariño sereno que sostiene en silencio.

Pero en medio de ese panorama, Isabel Sofía no ha soltado su fe. Lleva cerca de un año como monaguilla y no solo cumple con sus funciones en el altar, sino que ha hecho de la oración una rutina diaria. Reza el rosario con devoción y, aun con sus propias cargas, eleva plegarias por los más necesitados, por los enfermos, por quienes no tienen qué comer… como si entendiera, a su corta edad, que la fe también es dar desde lo poco.

En la misa, su presencia es constante y comprometida. Es ella quien, con manos pequeñas pero seguras, se encarga de mover la campana en los momentos más solemnes, anunciando con ese sonido claro el instante sagrado. También ayuda a organizar los elementos del altar, está pendiente de cada detalle y sigue atenta cada paso de la celebración, como si en ese espacio encontrara paz.

“Sí, quiero ser monja”, dice con una seguridad que no parece de niña. No titubea. No duda. Para ella, servir en el altar es más que una actividad: es un propósito de vida. “Me gusta servir, ayudar, estar pendiente de todo”, cuenta, mientras explica que incluso colabora en la organización junto a otros monaguillos, siempre atenta, siempre dispuesta.

Su historia llegó a oídos de los uniformados, quienes decidieron visitarla. Al conocer de cerca su realidad, hubo un detalle que lo dijo todo: no tenía los zapatos adecuados para asistir a sus actividades religiosas.

Sin mayor protocolo, pero con un profundo sentido humano, regresaron con un regalo sencillo pero cargado de significado: un par de zapatos nuevos.

No hicieron falta discursos. La emoción se reflejó en su mirada, en su sonrisa tímida, en ese brillo que solo aparece cuando un sueño, por pequeño que parezca, se siente posible.

“Estas acciones reflejan el compromiso de nuestros policías con la niñez. No solo protegemos, también transformamos vidas con pequeños gestos que tienen un gran significado”, manifestó el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar.

Hoy, en Mompox, Isabel Sofía sigue caminando hacia su sueño. Acompaña misas, hace sonar la campana, sirve en el altar, reza por otros y ayuda en su casa cuando puede. Y aunque la vida le ha puesto pruebas difíciles, no ha dejado que se cierre la puerta que un día abrió.

Porque hay corazones que, incluso en la dificultad, eligen creer. Y hay pasos pequeños —como los de unos zapatos nuevos— que pueden llevar muy lejos.