Las notas de Juancho: el secreto de amor que Diomedes dejó escondido en una canción

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Hay canciones que cuentan una historia y otras que la esconden. Las primeras se entienden apenas suenan; las segundas necesitan que el tiempo les quite el polvo para revelar los secretos que sus autores dejaron entre los versos. Las notas de Juancho pertenece a ese reducido grupo. Durante años fue escuchada como un homenaje al talento de Juan Humberto Rois Zúñiga, pero detrás de su melodía vivía una confesión amorosa que solo conocían unos pocos. Era un mensaje cifrado, un recado del corazón disfrazado de vallenato.

La noche del lunes 21 de noviembre de 1994 el silencio cayó sobre el folclor. En El Tigre, estado Anzoátegui, Venezuela, un accidente aéreo apagó la vida de Juancho Rois, junto a Rangel «El Maño» Torres y Eudes Granados. Apenas tenía 39 años, pero ya había dejado un estilo irrepetible para tocar el acordeón. Desde entonces, «El Conejo», como lo llamaban cariñosamente, dejó de caminar por las tarimas para quedarse viviendo en cada nota que todavía hoy estremece al vallenato.

Su muerte convirtió muchas de sus canciones en reliquias sentimentales. Los seguidores comenzaron a escucharlas con otros oídos, buscando en ellas recuerdos, anécdotas y pequeñas historias que antes pasaban inadvertidas. Fue entonces cuando Las notas de Juancho empezó a revelar que escondía mucho más que un elogio al acordeonero.

Todo había comenzado cuatro años antes, en 1990, durante la grabación del álbum Canta conmigo. Diomedes Díaz decidió convertir una experiencia personal en canción. No habló de ella directamente. Prefirió esconderla entre versos, como quien guarda una carta debajo de la almohada para que solo el destinatario comprenda su verdadero significado.

La obra inicia con una imagen que retrata la admiración que sentía por su compañero. «De lejos muy lejos un acordeón, de notas muy lindas yo escuchaba…». No era una exageración poética. Diomedes aseguraba reconocer el sonido de Juancho entre decenas de acordeones, porque cada músico tiene una manera distinta de conversar con el instrumento y el de Rois poseía un acento imposible de confundir.

Sin embargo, mientras el público celebraba aquella exaltación musical, el verdadero corazón de la canción esperaba unos versos más adelante. Allí aparecía un nombre desconocido para la mayoría: Evis. No era un personaje inventado ni una licencia del compositor. Era una joven venezolana que había despertado sentimientos profundos en Diomedes durante una de sus giras.

Como todo enamorado que necesitaba un aliado, Diomedes recurrió a quien nunca le fallaba. Juancho Rois viajaría al día siguiente y podía convertirse en el mejor mensajero. El encargo quedó inmortalizado en una estrofa que parecía una simple ocurrencia de parranda: «Compadre hágame un favor, yo sé que se va mañana. Hágalo por vía de Adriana y me lleva esta razón. Me le dice a Evis que en estos días le voy a entregar el corazón».

Adriana tampoco era fruto de la imaginación. Era la mujer que ocupaba el corazón de Juancho en Barranquilla y serviría como puente para que aquel mensaje llegara a manos de Evis. Así, dos historias sentimentales terminaron entrelazadas en una sola canción, sin que casi nadie advirtiera que detrás de aquellos nombres existían personas de carne y hueso.

Juancho cumplió la misión con la misma lealtad con la que acompañaba a Diomedes en los escenarios. El recado llegó a su destino y, poco tiempo después, el cantante pudo reencontrarse con Evis para cumplir la promesa que había dejado sembrada entre los versos. El amor, al menos por un instante, logró abrirse paso entre carreteras, viajes, conciertos y compromisos artísticos.

La emoción de aquel episodio quedó resumida en otra estrofa inolvidable: «Me le dice por favor que me encuentro confundido y un poco de su cariño, pa’ mí es una bendición. Que con mucho gusto y complacido le voy a entregar el corazón». No era solamente poesía. Era una declaración disfrazada de canción, una página del diario íntimo de Diomedes escrita sobre el pentagrama.

Con el paso de los años, la vida tomó rumbos distintos. Evis y Adriana construyeron sus propios caminos. Juancho y Diomedes también regresaron a sus realidades afectivas, dejando aquella aventura guardada en el baúl de los recuerdos. Lo que no desapareció fue la canción, que siguió viajando de parranda en parranda sin revelar completamente el secreto que protegía.

Quizá ahí radique la grandeza del vallenato. Tiene la extraña capacidad de convertir los instantes más íntimos en patrimonio de un pueblo entero. Las notas de Juancho sigue sonando como un homenaje al acordeonero genial que se fue demasiado pronto, pero también como el testimonio silencioso de un amor pasajero que encontró la única forma de vencer al tiempo: quedarse para siempre cantado entre las notas de un acordeón.