
La estrofa que Diomedes no pudo grabarle a Juancho Rois
Por: Emilio Gutiérrez Yance
En San Juan del Cesar los recuerdos tienen la mala costumbre de no morirse. Se quedan conversando en las terrazas cuando cae la tarde, caminan por las calles calientes y, de vez en cuando, despiertan cuando un acordeón viejo abre sus fuelles y alguien pronuncia el nombre de Juancho Rois. Así ha sobrevivido una historia que lleva más de treinta años rodando por la memoria vallenata: la de una estrofa que Diomedes Díaz cantó con el corazón herido, pero que nunca llegó al disco. Un verso nacido entre la muerte de un compadre, el dolor de un pueblo y el miedo de un hombre que aseguró haber sentido muy cerca la muerte.
Juan Humberto Rois Zúñiga murió el 21 de noviembre de 1994, cuando viajaba hacia El Tigre, Venezuela. En aquel accidente también perdieron la vida Rangel ‘El Maño’ Torres y Eudes Granados. La noticia cayó sobre San Juan del Cesar como caen las desgracias grandes: primero nadie quiere creerlas y después todo el mundo tiene algo que llorar. Se había muerto Juancho, el muchacho que convirtió el acordeón en una segunda voz para Diomedes.
Dos días después lo enterraron en su pueblo. San Juan salió a despedirlo entre lágrimas, abrazos y rostros conocidos del vallenato. Pero mientras el cortejo avanzaba quedó flotando una pregunta incómoda: ¿dónde estaba Diomedes? El compadre, el compañero de grabaciones, el hombre que tantas veces había gritado su nombre antes de dejarlo abrir el acordeón, no apareció. Y aquella ausencia comenzó a pesar más con cada hora que pasaba.
La tristeza pronto se volvió enojo. El 28 de noviembre, apenas una semana después del accidente, el Concejo de San Juan del Cesar declaró a Diomedes persona no grata. Once de trece concejales respaldaron la proposición. En las esquinas crecieron las versiones, los reproches y las conjeturas. Al Cacique le cobraban no haber acompañado a Juancho hasta su última morada, pero detrás de aquella ausencia había una historia que él todavía no había contado completa.
El 22 de diciembre de 1994, lejos de San Juan y hospedado en el Hotel Hilton de Cartagena, Diomedes habló con el periodista Víctor Sánchez R. de El Universal. Cuando la conversación llegó a Juancho, al cantante se le salió primero el compositor que el entrevistado. Comenzó a entonar unos versos que todavía no eran exactamente los de Un canto celestial. De repente soltó una línea que llevaba miedo, dolor y explicación en pocas palabras: “Compadre Juancho, he sufrido mucho porque en San Juan me iban a matar”.
Aquello abrió otra puerta de la historia. Diomedes sostuvo que alrededor suyo se había creado un ambiente hostil y habló de personas que no querían verlo en San Juan. Con los años aparecieron otros testimonios. Rafael Santos Díaz aseguró que su padre alcanzó a llegar al municipio, pero terminó retirándose al considerar que estaba en peligro. Joaco Guillén también habló posteriormente de amenazas y acusaciones contra el cantante. Entre recuerdos, versiones y heridas quedó retratada una época en la que el dolor había terminado mezclándose con rumores y viejas rivalidades.
Después vino la música, que en el vallenato suele encargarse de decir aquello que los hombres no pueden explicar hablando. En 1995, Diomedes regresó al estudio acompañado por un joven llamado Iván Zuleta. Allí apareció Un canto celestial, la canción dedicada al compadre ausente y que terminó dándole nombre al álbum. Pero cuando aquel canto quedó listo para salir al mundo, la estrofa sobre San Juan había desaparecido.
Diomedes escogió entonces una imagen mucho más dolorosa y hermosa. En la versión grabada explicó su ausencia del entierro desde el sentimiento: no quiso ver sepultar al amigo porque necesitaba seguir imaginándolo de viaje. Era una mentira piadosa para soportar una verdad insoportable. Mientras San Juan había visto bajar el cuerpo de Juancho hacia la tierra, Diomedes prefirió dejarlo viajando para siempre, como si cualquier madrugada pudiera regresar con el acordeón terciado sobre el pecho.
Años después, el periodista Jaime Pérez Parodi recordó que una versión inicial de la composición hacía referencia al temor que Diomedes dijo haber sentido en San Juan y que esa parte terminó modificándose. Para entonces, el verso ya tenía vida propia. Había quedado rondando por fuera del disco, apareciendo en entrevistas, testimonios y grabaciones informales. Y eso en el vallenato también significa existir, porque algunas historias duran más debajo de un palo de mango que prensadas sobre un acetato.
Diomedes siguió su camino. Llegaron otros acordeoneros, nuevos discos, carreteras interminables y multitudes que aprendieron sus canciones de memoria. Pero con Juancho era diferente. Cuando hablaba de él parecía devolverse a aquellos años en que una mirada bastaba para saber por dónde iba a caminar la melodía. Alguna vez llegó a decir que para él Juancho no había muerto. Quizás no era solamente una frase: era la manera que encontró para no despedirse definitivamente.
Porque hay compadres que se entierran y otros que se quedan sentados para siempre en la memoria. Juancho perteneció a los segundos. Su acordeón siguió apareciendo cada vez que sonaban aquellas canciones en las que los dos parecían haber hecho un pacto secreto para que nadie pudiera descubrir dónde terminaba la garganta de Diomedes y dónde comenzaban los bajos de Juancho.
Por eso la estrofa que Diomedes no pudo grabarle a su compadre terminó sobreviviendo al mismo disco que la dejó por fuera. Guardaba demasiado: el dolor por Juancho, la ausencia en aquel entierro, las recriminaciones de San Juan y el miedo que el propio cantante dijo haber sentido. Han pasado más de treinta años y la historia todavía anda suelta por las tierras del vallenato. Quizás porque cuando alguien vuelve a contarla ocurre algo extraño: parece escucharse a Diomedes llamando a su compadre y, allá lejos, desde algún rincón de San Juan del Cesar, el acordeón de Juancho Rois todavía le responde.